Hoy es 23 de marzo, una fecha que perfectamente podría pasar desapercibida en cualquier calendario, excepto en el tuyo. Porque si estás leyendo nuestro blog, te resultará curioso saber que hoy, precisamente hoy, es el Día Mundial del Ascensor.

El primer ascensor comercial destinado al transporte de personas comenzó a funcionar en unos grandes almacenes de Nueva York el 23 de marzo de 1857.

Elisha Otis, su creador, ya presentó este invento durante la Exposición Universal de 1853, pero no fue hasta la fecha en cuestión que el aparato se inauguró al público en los almacenes Haughwout and Company.

Desde el blog de Inapelsa, conmemoramos este día con 4 relatos cortos que celebran la invención de este utilísimo medio de transporte. Cada uno dedicado a un personaje y a una etapa de la vida diferentes.

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Infancia

Adriana tiene 11 años, es una alumna de sobresaliente y una joven promesa del fútbol femenino. Su pasión por el deporte y el ejercicio físico no conoce límites. Tanto es así, que cada día sube hasta su casa utilizando las escaleras para demostrarse a sí misma que es igual o más veloz que el mismísimo ascensor. ¡Y vive en un cuarto!

En mitad de uno de sus entrenamientos semanales en el polideportivo municipal, Adriana se torció el tobillo. Este infortunio le provocó una lesión por la que tuvo que dejar de jugar y empezar a usar muletas durante algunas semanas.

Resignada, la entusiasta futbolista aceptó que el ascensor era la única alternativa para llegar a casa y salvar los cuatro tramos de escalera que tan difícil y peligroso resultaba subir con muletas.

Durante los días que duró su recuperación, Adriana tuvo la oportunidad de reflexionar y de agradecer las ventajas de que el suyo fuera un edificio accesible, ahora no solo para sus vecinos más mayores, también para ella.

 

Juventud

Durante el curso de sus prácticas en una agencia de comunicación, Jaime demostró ser digno merecedor de un puesto como redactor dentro del departamento creativo. Y con su incorporación a la empresa, por fin encontró la ocasión perfecta para cambiar de piso.

Su nuevo destino era una vivienda exterior muy luminosa, en la tercera planta de un antiguo edificio del barrio madrileño de Malasaña.

El día de la mudanza, decenas de bolsas y cajas (muchísimas más de las que en un principio hubiera podido prever) aguardaban en el rellano de la que sería su nueva comunidad de vecinos. Pero Jaime respiró aliviado porque, aunque era consciente de que no todos los edificios en el centro de Madrid disponían de ascensor, el suyo había sido reformado y equipado con uno pocas semanas antes de su llegada. ¡Bendita suerte!

 

Adultez

A grito pelado y entre lágrimas de terror y arrepentimiento llamaba Carmen a su madre desde dentro de un ascensor en el centro comercial.

Antes de quedarse encerrada, y mientras esperaba a que su madre volviera del baño, había estado jugando con las puertas automáticas a entrar y salir de la cabina.

Aquel incidente pronto se convirtió en un trauma y en el origen de su rechazo a los ascensores durante buena parte de su vida.

Hoy, con 55 años, Carmen ha vuelto a subirse a un ascensor por primera vez desde entonces, al del bloque en el que vive con su familia. Pero no lo ha hecho por necesidad, su salud física todavía es excelente. Lo ha hecho para dominar su fobia y enterrar de una vez por todas ese recuerdo que tanto tormento le causó durante años, y porque al fin y al cabo sabe con seguridad que, algún día, cuando los años pesen, el ascensor le será de mucha utilidad.

 

Tercera edad

Toda su vida Tomasa fue una mujer inquieta y de fuerte carácter. En sus mejores años, se entregó con tesón al hogar y al cuidado de su familia, primero en su propia casa y después en la de su hija.

Sus últimos años los vivió rehusando quedarse inmóvil. Mientras tuvo voluntad, dos piernas y una muleta como punto de apoyo, ella siguió yendo desde su casa hasta la de su hija casi a diario, aventurándose a caminar por las calles de toscos adoquines y estrechas aceras del pueblo que la vio nacer. No existía en el mundo obstáculo ni peligro capaz de quebrantar su espíritu tenaz y luchador.

Cuando concluía su larga andadura, María, su hija, la esperaba a las puertas de su casa en un segundo piso. Siempre con el carro de la compra en la izquierda y la muleta en la derecha, Tomasa salía del ascensor preparada para darle un abrazo, con paso lento pero firme.

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En Inapelsa, concentramos todos nuestros esfuerzos en hacer más accesibles nuestras ciudades y en mejorar la calidad de vida de las personas, sin importar en qué etapa de la vida se encuentren. Puedes ponerte en contacto con nosotros para realizar cualquier consulta aquí.

¿Te apetece leer un rato más? ¡Échale un vistazo a esta entrada de nuestro blog sobre cómo nos comportamos al viajar en ascensor!

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