El ascensor es parte de nuestra vida diaria, nos sube y nos baja en cada momento que lo necesitemos, ahorrándonos un montón de tiempo. Pero, ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿cómo se inventó el ascensor? ¡Sigue leyendo!

Aunque el concepto de ascensor sea bastante antiguo y estuviera presente, por ejemplo, en los teatros griegos para subir y bajar actores al escenario, su aplicación y transformación en lo que conocemos hoy día es relativamente reciente. Lo primero que hay que entender es que, sin la invención de la polea y de la máquina de vapor, los ascensores no hubieran sido posibles. Según diversas investigaciones realizadas, todo indica que el primer ascensor se construyó en el Palacio de Versalles para uso privado de Luis XV, a mediados del siglo XVIII. El monarca lo utilizaba para visitar discretamente a sus amantes en los pisos superiores del palacio, sin ser visto por los salones y escaleras. El sistema era sencillo, aunque muy lejos de ser mecánico, y se basaba en una serie de contrapesos de fácil manejo, con lo que el Rey estaba encantado. “No está mal para alcanzar el cielo”, decía.

Con la transformación social que produjo la Revolución Industrial, empezaron a evolucionar rápidamente las ciudades, fenómeno que se materializó fuertemente en Estados Unidos y se fue esparciendo por el resto del mundo. Además, aumentó el precio del suelo y la única forma de aprovechar al cien por ciento el espacio era construir en vertical, teniendo los mismos metros cuadrados, pero con más plantas. Y, por otra parte, descendió el precio del acero como consecuencia del rápido desarrollo del país.

Todo esto hizo posible que el primer ascensor mecánico se instalara en Londres en 1829 con capacidad para 10 personas. Esto tuvo lugar en el Coliseum londinense, donde un vocero aclamaba la atención de las personas, invitándoles a subir con la promesa de que tendrían en lo alto las mejores vistas de la ciudad.

Unos años más tarde, en 1851, se construyó el primer prototipo de montacargas de la historia: se trataba de una plataforma unida a un cable, capaz de subir y bajar mercancías y personas. Esto, aunado a la necesidad de la sociedad de la época de trasladarse con poco esfuerzo en edificios cada vez más altos y almacenes cada vez más grandes, fue lo que inspiró el diseño del primer ascensor de uso público en 1852. Se instaló en un edificio de 5 plantas en Broadway, en la tienda de artículos de porcelana Haughwout. El ascensor era capaz, a través de una máquina de vapor, de elevar a una velocidad de 10 o 12 metros por minuto a 6 personas a la vez y, además, tenía un sistema dentado con barras de hierro en los rieles, que permitía amortiguar la caída en caso de que se rompiera el cable. Este nuevo método de seguridad impedía que los ascensores se estrellasen contra el suelo en caso de accidentes y supuso una verdadera revolución para la industria. Luego, en 1872, se inventó el ascensor hidráulico de engranajes y los de vapor dejaron de circular.

Para ese entonces, sólo se permitía que los edificios tuvieran 5 plantas y, gracias a este invento, se construyeron en 1889 la Torre Eiffel, con un ascensor capaz de subir ciento sesenta metros, en 1907 el rascacielos Singer de Nueva York, que tenía más de 40 pisos, y posteriormente en 1932 comenzó la instalación de ascensores rápidos en el Empire State.

Evolución tras evolución, es así como tenemos en la actualidad ascensores fenomenales con tecnologías cada vez más sofisticadas y rascacielos impresionantes. ¿Te ha gustado el artículo? ¡Compártelo!

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